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Tiempo Latinoamericano

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Editorial (Noviembre de 2003)

20 años de Democracia

Revista nº74 (Cliquee para ver/descargar)El 10 de diciembre de 1983 los argentinos iniciamos un nuevo camino, en cierta medida desconocido, olvidando o menospreciando.

Muchas fueron las expectativas luego de los negros años de terrorismo de estado que ocultó no sólo los cadáveres de los desaparecidos sino la enajenación del país y la imposición del modelo neoliberal, cuyas crudas y salvajes consecuencias padecemos hoy.

A 20 años conviene destacar las luces y las sombras, a modo de rápido balance, para seguir en el camino, corrigiendo errores y avanzando en los aciertos.

Se nos dijo en 1983 que “con la democracia se come, se educa y se vive”. Pero a 20 años experimentamos un nivel tan alto de pobreza, al extremo de la miseria, que para muchos la democracia resultó una desilusión, porque no alcanzó para garantizar condiciones de vida digna para todos los argentinos.

Se trató en realidad de una visión mágica de la democracia, como un salto al paraíso de las soluciones, que acarreó la frustración colectiva arrastrándonos a la indiferencia, al descompromiso y al creciente descreimiento en la política, los dirigentes y hasta en nuestras propias posibilidades de ser gestores de los cambios necesarios.

Fue otro de los logros del modelo neoliberal, que los grupos concentrados del poder económico impusieron para seguir usufructuando del estado. Con ello pudieron avanzar en la concentración de las riquezas, ahora amparados en la legalidad de la democracia. Así se enajenaron las empresas del estado con las privatizaciones, se impusieron las jubilaciones privadas, se flexibilizaron las relaciones laborales, etc.

Y los políticos votados en las elecciones así como buena parte de la dirigencia sindical, religiosa o social, abrazaron y se asociaron al modelo neoliberal de las corporaciones económicas, en muchos casos con la excusa de que no era posible hacer otra cosa. Como si efectivamente hubiese llegado “el fin de la historia” que, con el pensamiento único, nos vendía los espejitos de colores de la globalización y nuestra incorporación al primer mundo.

Nada de esto pudo hacerse sin el consenso social que posibilitaron las formas democráticas. Por eso Menem fue reelegido y Cavalo se convirtió en el “gurú” de la salvación. Es que el modelo neoliberal no sólo se había impuesto con el terror y el miedo por las armas asesinas que violaron los derechos humanos, logrando luego –con la democracia– la impunidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, sino que también penetró en la cabeza de los argentinos, anulando la capacidad de reacción, al instalarse la dominación cultural.

Sin embargo, en estos 20 años de democracia restringida, también fuimos dando pasos importantes en la construcción de un país diferente. Aprendimos a valorar las ventajas y los límites de la democracia; que la democracia no fue el cielo prometido, pero tampoco el infierno de los amantes del autoritarismo.

El espacio de la libertad abierto por las formas democráticas posibilitó el surgimiento de nuevas organizaciones y movimientos sociales que por necesidad de supervivencia o convicción democrática hicieron su aparición en la escena nacional, señalando que “otro país es posible” si se recupera el protagonismo popular.

También fue posible mantener viva la memoria histórica. Y la condena a los genocidas, que negaron las formalidades democráticas, se fue logrando a nivel de la sociedad por la tarea de las organizaciones defensoras de los derechos humanos, en un proceso que todavía sigue abierto.

En estos 20 años aprendimos que la democracia, aunque renga, es mejor que la dictadura. Experimentamos que con la democracia política no alcanza; que es necesario avanzar hacia la democracia económica profundizando la democracia social. Porque sólo con la participación de la sociedad es posible garantizar la vida de todas y todos. Aprendimos también que la democracia no es un paquete que viene como regalo de Navidad, sino un proceso, una construcción permanente; que no podemos delegar en los “dirigentes”; y que se necesita del aporte, capacidad, movilización y compromiso de cada uno. Que la democracia se conquista en la medida que asumimos nuestra responsabilidad de actores sociales, abandonando el cómodo lugar de espectadores pasivos.

Este es el desafío y la obligación que no podemos eludir los cristianos si es que realmente queremos hacer realidad aquello que practicaban las primeras comunidades donde “ninguno padecía necesidad” (Hechos 4, 34).

Animados en la esperanza que revitaliza cada Navidad, seguimos en el compromiso de construir todas las formas democráticas necesarias, en lo social, en lo político, en lo económico, en lo cultural, en nuestras propias comunidades, para asegurar que todas y todos “tengan vida y vida en abundancia” (Juan 10, 10).

Equipo Responsable
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